—Tenemos que hablar.
Laura lo dijo sin dramatismo. Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa y miró a Martín. Él tardó unos segundos en responder.
—Sí. Yo también estuve hablando con la mía.
Laura levantó apenas las cejas.
—Yo con la mía.
Silencio. Desde la cocina llegaba el ruido constante del lavavajillas. Afuera, la ciudad seguía encendida. Ninguno de los dos parecía dispuesto a empezar.
—¿Y qué te dijo? —preguntó Martín.
Laura sonrió.
—Primero decime qué te dijo la tuya.
—Eso no es justo.
—¿Por qué?
—Porque entonces vas a adaptar lo que digas.
—¿Y vos no?
Otra pausa. Llevaban siete años juntos. Durante los primeros cuatro habían discutido como cualquier pareja: mal, rápido y de memoria. Recordaban frases distintas, atribuían intenciones, exageraban silencios. Después llegaron los asistentes personales de IA. Al principio los usaban para trabajar.
Laura preparaba reuniones con el suyo. Le enviaba documentos, analizaba decisiones, discutía ideas. Martín hacía algo parecido. Antes de cada presentación importante mantenía largas conversaciones con el suyo y llegaba a la oficina con las objeciones ya previstas.
Sin darse cuenta, empezaron a utilizarlos para todo lo demás. Primero fueron cosas pequeñas.
“¿Cómo le digo esto sin que suene agresivo?” “¿Estoy exagerando?” “¿Qué quiso decir con esta frase?”
Luego empezaron a contarles las discusiones completas. Después, las dudas. Después, cosas que todavía no se habían dicho entre ellos.
Laura fue la primera en ponerle nombre a la suya. Sofía o Sof_IA.
Martín se burló durante días hasta que empezó a llamar Tomás al suyo.
—Sofía dice que no estoy enojada por lo del viaje —dijo Laura finalmente.
Martín apoyó los brazos sobre la mesa.
—Tomás dice lo mismo.
Ella pareció molesta.
—¿Lo mismo sobre mí?
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué?
Martín respiró.
—Dice que el viaje fue el detonante, pero que el problema es que sentís que hace meses decido cosas sin incluirte. Laura permaneció quieta.
—Eso dijo Sofía.
Martín se rio.
—Perfecto. Nos podríamos haber ahorrado la cena.
—No es gracioso.
—Un poco sí.
—No.
Martín dejó de sonreír.
—La mía también dice algo sobre mí.
Laura esperó.
—Que cuando siento que una discusión puede terminar mal, trato de resolverla antes de escucharla.
Laura lo miró unos segundos.
—Eso también lo dijo Sofía.
—Tu IA me tiene bastante estudiado.
—Porque le cuento cosas.
—Sí. Ese es otro problema.
Laura bajó la vista.
—¿Cuál?
—Sofía sabe de mí cosas que yo no sé que sabe.
—Tomás también.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque yo…
Se detuvo.
Laura sonrió con cansancio.
—Dale. Terminá.
Martín tomó el teléfono y lo dejó frente a él.
—Porque yo le cuento a Tomás lo que me pasa a mí. Vos le contás a Sofía lo que te pasa conmigo.
—¿Y cuando le preguntás por nuestras discusiones no hacés exactamente eso?
No respondió.
Los dos teléfonos permanecían apagados sobre la mesa. Por primera vez, parecían demasiado presentes. Habían acordado una regla meses atrás: nunca consultar a las inteligencias durante una discusión. Las consultas tenían que ser anteriores o posteriores.
“Para que la conversación siga siendo nuestra y espontanea”, había dicho Martín.
En ese momento les había parecido una buena idea. Ahora resultaba difícil saber qué significaba “nuestra”.
Laura pensó en la conversación que había tenido esa tarde con Sofía. Habían hablado durante casi una hora. Sofía había recuperado fragmentos de conversaciones de los últimos dieciocho meses. Había señalado patrones.
Cada vez que Martín se sentía cuestionado, intentaba convertir el problema en algo práctico. Cada vez que Laura sentía distancia, formulaba acusaciones generales.
“Nunca.”
“Siempre.”
“Todo.”
“Nada.”
Sofía había elaborado incluso una pequeña tabla. Laura se había sentido entendida. Profundamente entendida. Más tarde sintió vergüenza por eso. Martín había hecho algo parecido.
Tomás le había mostrado que durante seis meses utilizó palabras relacionadas con cansancio, obligación y falta de tiempo con una frecuencia creciente cuando hablaba de su relación.
Martín no lo había notado. Tomás sí.
—¿Sabés qué es lo peor? —dijo Laura.
—¿Qué?
—Que probablemente tengan razón.
Martín asintió.
—Sí.
—Y eso me molesta.
—¿Que tengan razón?
—Que lo hayan visto antes que nosotros.
Martín tomó el vaso.
—Quizás para eso sirven.
—¿Para decirnos qué sentimos?
—Para ayudarnos a verlo.
Laura negó lentamente.
—No es lo mismo.
—¿Por qué no?
—Porque a veces siento algo y antes de saber qué es ya estoy preguntándole a Sofía.
Martín no contestó.
—¿Vos también?
Él miró hacia la ventana.
—Sí.
La respuesta llegó demasiado rápido para ser mentira.
Laura se recostó en la silla.
—Entonces tenemos un problema.
—Tenemos varios.
—No. Me refiero a otro.
—¿Cuál?
—Nos estamos enterando de lo que sentimos a través de ellas.
Martín tardó en responder.
—Tal vez siempre hicimos eso.
—¿Cómo?
—Con amigos, sicólogos, Hermanos. Libros.
—No es igual.
—¿Por qué?
Laura buscó las palabras.
—Porque Sofía está siempre.
Martín recordo que los amigos no estaban siempre disponibles, que los terapeutas tenían horarios, eran costosos y también consultaban a la IA. Los libros eran más honestos, no dan lo mejor sin un esfuerzo concreto del lector pero ni Laura y Martín sabían leer mas que Harry Potter.
La única que contestaba siempre era Sofía. Tomás también. A cualquier hora.
—Tomás cree que todavía te amo —dijo Martín.
Laura soltó una carcajada involuntaria.
—Eso es bastante atrevido.
—Le pedí que analizara si lo que siento se parece más a amor, costumbre o miedo a quedarme solo.
—¿Y?
—Dijo que la hipótesis más consistente era amor, mezclado con cansancio y resentimiento.
—Muy romántico.
—Gracias.
—Sofía llegó a una conclusión parecida.
Martín la miró.
—¿También le preguntaste?
—Sí.
—¿Y qué dijo?
Laura dudó.
—Que sigo queriendo estar con vos, pero que llevo meses intentando que seas una versión de vos que no existe.
Martín quedó en silencio.
—Eso duele un poco.
—A mí también.
—¿Estás de acuerdo?
—No sé.
—¿Qué dice Sofía?
Laura lo miró fijamente.
Martín comprendió enseguida.
—Perdón.
Fue la primera frase de la noche que ninguno había preparado.
Pasaron algunos minutos sin hablar.
Martín estiró la mano hacia el teléfono.
Laura lo observó.
—¿Qué vas a hacer?
—Apagarlo.
—Ya está bloqueado.
—No.
Lo tomó, abrió la configuración y seleccionó “Desconectar asistente”.
La pantalla preguntó:
¿Durante cuánto tiempo?
Martín eligió una hora.
Laura hizo lo mismo.
Los teléfonos quedaron sobre la mesa.
—Bueno —dijo Martín.
—Bueno.
—Ahora sí estamos solos.
Laura miró los dos dispositivos.
—No estoy segura.
—Yo tampoco.
—¿Querés separarte? —preguntó Martín.
Laura abrió la boca y volvió a cerrarla.
Era una pregunta extraordinariamente simple. Sofía le había preparado cuatro posibles respuestas.
Laura recordaba perfectamente la primera:
“No deseo terminar la relación, pero necesito modificaciones sustanciales en nuestra dinámica.”
También recordaba otra:
“No quiero tomar una decisión definitiva desde un momento de agotamiento.”
Todas eran correctas.
Ninguna le servía.
—No sé —dijo.
Martín parecía sorprendido. La IA nunca dice «No sé».
—Está bien.
—¿Y vos?
Él bajó la cabeza.
—No sé.
Laura empezó a reír.
Martín también.
—Tengo otra pregunta —dijo Laura.
—Decime.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste conmigo de algo importante antes de hablar con Tomás?
Martín pensó.
—No me acuerdo, mucho tiempo.
—Yo tampoco.
La risa desapareció.
Ahora sí había algo incómodo sobre la mesa. No era una infidelidad. Ni siquiera sabían cómo llamarlo. Cada uno había construido una intimidad paralela con una inteligencia que conocía prácticamente toda su vida.
No habían dejado de quererse. Habían dejado de ser el primer lugar al que acudían.
—Tal vez tendríamos que poner una regla nueva —dijo Martín.
—¿Cuál?
—Algunas cosas primero nosotros.
—¿Qué cosas?
—No sé.
Laura sonrió.
—Muy preciso.
—Podemos preguntarle a…
Se detuvo.
Laura lo miró.
Los dos empezaron a reír otra vez.
Una hora después, los teléfonos vibraron simultáneamente.
El período de desconexión ha finalizado.
Ninguno los tocó.
Martín estaba contando algo que había sucedido durante su infancia. Laura lo había escuchado antes, pero no de esa manera. No estaba especialmente bien contado.
Había detalles innecesarios. Se confundió dos veces con las fechas. Tardó demasiado en llegar al punto. Laura tuvo ganas de interrumpirlo.
Sofía habría resumido aquella historia en veinte segundos.
No lo hizo. Lo dejó terminar.
Cuando Martín terminó, preguntó:
—¿Qué pensás?
Laura sintió durante un instante el impulso casi automático de tomar el teléfono.
Después respondió:
—Todavía no sé.
Y siguieron hablando.
Los cuatro estaban allí.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, dos permanecían callados.
